lunes, 1 de febrero de 2010

CONDUCIR EL TIMÓN

¿Cuando vemos, en alta mar, una embarcación navegando al sabor del viento, que es lo que nos viene a la mente?

Por suposición, diremos que es un barco a la deriva, sin manos fuertes para conducir el timón.

Todavía, cuando el timonero asume su puesto, la embarcación sigue el rumbo que él le define.

Así también acontece con la barca de nuestras existencias.

Si dejamos que los vientos y tempestades definan los rumbos que deberemos seguir, fatalmente tendremos sorpresas desagradables al frente.

Si, al contrario, aseguramos el timón y conducimos la barca guiándonos por la brújula de la razón y de los sentimientos nobles, ciertamente llegaremos a un puerto seguro.

Hay personas que navegan en los mares de la existencia sin preocuparse con la dirección que toman. Son fácilmente empujadas por los vientos de la codicia, de la ambición desmedida, de los placeres engañadores, de la vanidad sin límites.

Y, cuando sienten que perdieron el rumbo, se desesperan y se revuelven contra Dios y contra todos, intentando justificar la falta de cuidados y de providencia.

Están los que se dicen débiles para conducir el timón y dejan que el barco se adentre en la neblina de la depresión, de la melancolía, del desespero y, por fin, se sumergen en los abismos del suicidio.

Esos tendrán que emerger, más tarde o más temprano, soportando los dolores de las graves heridas, provocadas por la caída infeliz e inconsecuente.



Están, aun, aquellos que quieren llegar al destino en primer lugar. Atropella a los demás navegadores, destruyen sus barcas y no se preocupan con lo que les va a suceder a los demás.

Queman el combustible de la salud, usa la mala fe para conseguir la mejor posición, empeñan la dignidad por un un lugar de destaque. Esos no van muy lejos sin graves perjuicios.

Más, en ese gran mar de la vida, hay navegantes previsores y sabios que siguen con cuidado y perseverancia. El barco de sus existencias jamás queda a la deriva.

Resisten con bravura las tempestades más amenazadoras y no se dejan llevar por los vientos fuertes de la desesperación.

Saben que cada uno debe conducir su embarcación y, al mismo tiempo, ayudar a los demás navegantes para que todos lleguen bien al destino.

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(Mensaje enviado por Mónica Franco)

Usted está en el timón.

Usted, y solamente usted conduce su embarcación.

Sus actos le pertenecen, sus vicios, sus virtudes…

El barco de su vida seguirá por la ruta que usted le trace.

Y jamás se olvide de que su felicidad espera por usted, en algún puerto de luz que le fue destinado por el gran timonero de todas las almas, que es el Creador del Universo

¡Piense en eso!