lunes, 1 de diciembre de 2008

EL NIÑO INTERIOR

por Hortensia Galvis
Cuando se reconocen todas las partes de uno mismo se descubre la alquimia interior, que es todopoderosa. Equivale a estar invitado a un baile de máscaras, donde hay infinidad de convidados. Allí el juego consiste en identificar a cada uno de los personajes y llamarlo por su nombre. En el momento en que se descubre su identidad, ocurre algo mágico e incomprensible: el enmascarado desaparece sin dejar rastro. La transmutación interna es algo parecido, se trata de hacer consciente lo inconsciente. Con solo esta práctica podemos liberarnos de las cargas emocionales que hasta ahora nos han pintado la vida de tragedia.

En cada ser existe un rincón oculto donde habitan las partes de sí mismo que quedaron inconclusas y ahora buscan completarse. A ese sitio le llamamos el niño interior, porque contiene dentro todos los aspectos inmaduros de nuestra personalidad. Ese niño interno permanentemente gime: “dame, dame, dame”, nunca está conforme, y siempre quiere más. Cada momento doloroso del pasado vive en este espacio, esperando ser cambiado, y su inconformidad se proyecta al tiempo presente para pedir ayuda.

En el baile de máscaras, al que hoy hemos sido invitados, vamos a dedicar una mirada a ese niño interno abandonado, que solo requiere la atención de una mirada, para cambiar su llanto en sonrisas. Antes de abordarlo debemos comprender que él es la suma de todos los aspectos rezagados de nosotros mismos. Podemos estar anclados en carencias de amor, de comprensión y de ternura, que congelan nuestro presente en la actitud terca de recibir sin dar nada a cambio, manifestando como resultado relaciones insatisfactorias. Un niño está polarizado en recibir, porque es claro que él no puede prescindir del apoyo que le dan los adultos para su supervivencia. Pero, en su madurez, el ser humano debe alcanzar el equilibrio entre el tomar y el dar.

Hay la tendencia a creer que el pasado no es modificable, pero dentro de cada ser humano hay la fuerza para cambiarlo todo dentro de sí mismo. Pongamos el ejemplo de alguien que, después de pasadas varias décadas, todavía se lamenta de que sus padres no le dieron la oportunidad de estudiar, y en cambio lo pusieron a trabajar desde temprana edad. El pasado afecta al presente porque el niño interno herido sigue llorando la oportunidad que no tuvo, y por ello el adulto culpa arbitrariamente a los padres de todos sus fracasos. Si en vez de alimentar rencores, la conciencia del adulto completa la experiencia del niño, los resultados pueden ser pasmosos. En este caso la terapia es crear una meditación guiada, donde el adulto hace el papel de padre. El observa internamente al niño en su rincón llorando, lo toma en sus brazos y le dice: “Comprendo tu dolor porque no tuviste oportunidad de estudiar. No podemos cambiar el hecho de que tus padres tuvieran necesidad de tu trabajo, pero yo te voy a apoyar para que puedas completar tu educación, tal como lo has deseado”. Si al dicho sigue el hecho, esa carencia se transformará en inmensa satisfacción.

En el niño interno habitan cuatro grandes familias de miedos, que en el camino de la vida tenemos que transformar. Ellos son: el miedo a perder, el miedo a enfrentar, el miedo a ser abandonado, y el miedo a la muerte. En el miedo a perder, la inseguridad se pone una coraza defensiva para aparentar ser su opuesto. Entonces en el baile de máscaras lo identificamos vestido de orgullo, soberbia, impaciencia, agresión, ira, autoritarismo, fanatismo y toda su corte de afiliados.

El miedo a enfrentar, en el papel de víctima se disfraza de pudor, timidez, susceptibilidad, cobardía, indecisión y todas las tonalidades de auto destrucción e inferioridad.

El miedo a ser abandonado trae consigo los celos, la posesividad, la vanidad, la sobreprotección, la baja autoestima, y la necesidad de manipular.

Y el miedo a la muerte porta muchas caretas, entre ellas: la desconfianza, la tacañería, los apegos, las fobias, la rebeldía, y la histeria.

Pretender controlar algún aspecto indeseable de nosotros mismos es tarea imposible, si el inconsciente manda y nuestra vida se halla encadenada a reacciones instintivas. Pero si la conciencia hace la conexión, llevando luz hasta la raíz misma del problema, el niño interior desaparece y el adulto se hace cargo. El secreto es atreverse a vivir el pasado nuevamente, pero con la conciencia del adulto, que comprende, acepta y aporta las soluciones adecuadas.